Lo había escupido la bahía. Había un centenar de ellos en su seno y ya estaba harta de que merodeasen en su magnífica panza, donde los hombres, lanzaban sin ton ni son, cantidades incalculadas de residuos tóxicos. Sus aguas quietas, hartas de tanto trasiego, aprovecharon un día de temporal para arrojar a uno de las decenas de buques que, a diario, molestaban sus sosegadas aguas e irrumpían en su placentero sueño, junto al peñón.
Una noche en la que el temporal arreciaba en la costa, aprovechó el oleaje para enviar un mensaje de hastío a los hombres. Estaba asqueada de ver en lo que la habían convertido. Una bahía que había perdido la belleza, poblada por el metal y el petróleo; saturada de basura, invisible para los gobernantes de la comarca, a la que un día hubo abrazado amable con sus aguas y ahora, poco menos que detestaba, por el maltrato recibido.
Así que ni corta, ni perezosa, decidió expulsar el barco, arrastrándolo hasta la arena, repitiendo el mismo proceso sufrido en incontables ocasiones, a lo largo de los últimos tres años.
Ingenua, creyó que así, mantendría ocupados a los hombres durante algún tiempo...













